Misterios menores de Eleusis - El rapto de Perséfone

 



"(Los neófitos llegan de a dos, a un claro del bosque. En el fondo se ven rocas ante una gruta, rodeadas de un bosque de mirtos y de algunos álamos. Delante una pradera, donde hay ninfas recostadas alrededor de un manantial. En el fondo de la gruta, donde se ve a Perséfone sentada sobre un sitial. Desnuda hasta la cintura como una Psiquis, su busto esbelto emerge castamente de unos lienzos arrollados como un vapor azul a su talle. Parece dichosa, inconsciente de su belleza, y borda un amplio velo de hilos multicolores. Demeter, su madre, está en pie cerca de ella, tocada con el kalathos, cetro en mano). 

HERMES (el heraldo de los Misterios, a los concurrentes). — Démeter nos hace dos regalos excelentes: los frutos para que no vivamos como las bestias, y la iniciación, que da una esperanza más dulce a los que de ella participan, en cuanto al fin de esta vida y por toda la eternidad. Prestad atención a las palabras que vais a oír, a las cosas que vais a ver.

DÉMETER (con voz grave). — Hija amada de los Dioses, habita en esta gruta hasta mi vuelta y borda mi velo. El cielo es tu patria, el universo es tuyo. Tú ves a los Dioses; ellos acuden a tu voz. Pero no escuches la voz de Eros el astuto, de suaves miradas y pérfidos consejos. Guárdate de salir de la gruta y no recojas jamás las flores seductoras de la Tierra; su perfume embriagador y funesto te haría perder la luz del cielo y hasta el recuerdo. Teje mi velo, y vive dichosa hasta mi vuelta, con las ninfas tus compañeras. Entonces, en mi carro de fuego, tirado por serpientes, te volveré a los esplendores del Éter, sobre la vía láctea.

PERSÉFONE — Sí, madre augusta y temible, por esta luz que te rodea y que me es cara, lo prometo, y que los Dioses me castiguen si no cumplo mi juramento. (Démeter sale).

EL CORO DE LAS NINFAS. — ¡Oh Perséfone!. ¡Oh Virgen, Oh casta prometida del Cielo, que bordas la figura de Dios sobre tu velo!. Que no conozcas jamás las vanas ilusiones y los males innumerables de la tierra. La eterna verdad te sonríe. Tu esposo celeste, Dyonisos, te espera en el Empíreo. A veces se te aparece bajo la forma de un Sol lejano; sus rayos te acarician; él respira tu aliento y tú bebes su luz… De antemano os poseéis… ¡Oh Virgen!; ¿Quién es más feliz que tú?.

PERSÉFONE — Sobre este azul de interminables pliegues bordó mi aguja de marfil las infinitas figuras de los seres de todas las cosas. He terminado la historia de los Dioses; he bordado el Caos terrible de cien cabezas y mil brazos. De allí deben salir los seres mortales. ¿Quién, pues, los hizo nacer?. El Padre de los Dioses me lo ha dicho; es Eros. Pero nunca le he visto, ignoro su forma. ¿Quién me describirá su rostro?.

LAS NINFAS. — No pienses en ello. ¿Por qué esa vana pregunta?.

PERSÉFONE (se levanta y arroja el velo). — ¡Eros!, el más antiguo y sin embargo el más joven de los Dioses, fuente inagotable de los goces y las lágrimas — pues así me han hablado de ti —, Dios terrible, sólo desconocido, único Invisible de los Inmorales y único deseable. ¡Misterioso Eros!, ¡qué turbación, qué vértigo me arrebata a tu nombre!.

EL CORO. — No trates de saber más. Las cuestiones peligrosas han perdido a hombres y aun a Dioses.

PERSÉFONE (fija en el vacío sus ojos llenos de espanto).— ¿Es un recuerdo?. ¿Es un presentimiento terrible?. ¡El Caos…, los hombres…, el abismo de las generaciones, el grito de los nacimientos, los clamores furiosos del odio y de la guerra… el abismo de la muerte!. Oigo, veo todo eso y ese abismo me atrae, me sujeta; es preciso que a él descienda. Eros me sume en él, con su antorcha incendiaria. ¡Ah!, voy a morir. Lejos de mí este sueño horrible. (Se cubre la cara con las manos y solloza).

EL CORO. — ¡Oh virgen divina!, sólo es un sueño; más tomaría cuerpo, llegaría a ser la fatal realidad, y tu cielo desaparecería como un vano sueño, si cedieras a tu deseo culpable. Obedece a esta advertencia saludable, vuelve a tomar tu aguja y teje tu velo. ¡Olvida al astuto, imprudente, criminal Eros!.

PERSÉFONE (quita las manos de su rostro, que ha cambiado de expresión. Sonríe a través de sus lágrimas). — ¡Qué locas sois!. ¡Qué insensata era!. Recuerdo ahora, lo he oído decir en los misterios olímpicos: Eros es el más bello de los dioses; sobre un carro alado preside las evoluciones de los Inmortales, a la mezcla de las esencias primeras. Él es quien conduce a los hombres osados, a los héroes, desde el fondo del Caos a las cumbres del Éter. Sabe todo; como el Fuego Príncipe, atraviesa todos los mundos, tiene las llaves de la tierra y del cielo. ¡Quiero verle!.

EL CORO. — ¡Desgraciada!. ¡Detente!.

EROS (sale del bosque bajo la forma de un adolescente alado). —¿Me llamas, Perséfone?. Aquí me tienes.

PERSÉFONE (se vuelve a sentar). — Dicen que eres astuto y tu semblante es la inocencia misma; te dicen todopoderoso y pareces débil niño; te llaman traidor y cuanto más miro tus ojos, más se regocija mi corazón, más confianza adquiero en ti, hermoso mozo risueño. Dicen que eres sabio y hábil. ¿Puedes ayudarme a bordar este velo?.

EROS. — De buena gana: aquí estoy, cerca de ti, a tus pies. ¡Qué maravilloso velo!. Parece empapado en el azul de tus ojos. ¡Qué admirables figuras ha bordado tu mano, menos bellas que la divina bordadora, que no se ha visto nunca en un espejo!. (Sonríe malicioso).

PERSÉFONE. — ¡Verme yo misma!. ¿Sería ello posible?. (Se ruboriza). ¿Pero reconoces tú estas figuras?.

EROS. — ¿Que si las conozco?: la historia de los Dioses. Pero ¿Porqué detenerte en el Caos?. Ahí es donde la lucha comienza. ¿No tejerás la guerra de los Titanes, el nacimiento de los hombres y sus amores?.

PERSÉFONE. — Mi ciencia se detiene aquí y me falta la memoria. ¿No me ayudarás a bordar lo que sigue?.

EROS (le lanza una mirada inflamada). — Sí, Perséfone; pero con una condición, y es que, para comenzar, vengas a coger conmigo una flor de la pradera, la más hermosa de todas.

PERSÉFONE (seria). — Mi madre augusta y sabia me lo ha prohibido. “No escuches la voz de Eros, me dijo, ni recojas las flores de la pradera. Si desobedeces, serás la más miserable de los Inmortales”.

EROS. — Comprendo. Tu madre no quiere que conozcas los secretos de la tierra y de los infiernos. Si respirases las flores de la pradera te serían revelados.

PERSÉFONE. — ¿Los conoces?.

EROS. — Todos; y ya lo ves, soy por esto más joven y más ágil. ¡Oh hija de los dioses!, el abismo tiene terrores y escalofríos que el cielo ignora; pero no comprende el cielo quien no ha atravesado por la tierra y los infiernos.

PERSÉFONE. — ¿Puedes hacérmelos comprender?.

EROS. — Sí; ¡mira! (Toca la tierra con la punta de su arco; de ella sale un gran narciso).

PERSÉFONE. — ¡Oh, qué admirable flor!. Hace temblar y surgir en mi corazón una divina reminiscencia. A veces, dormida sobre una cumbre de mi astro amado, que dora un eterno poniente, al despertar he visto flotar, en la púrpura del horizonte, una estrella de plata por el seno nacarado del cielo verde pálido. Me parecía entonces que ella era la antorcha del inmortal esposo, promesa de los dioses del divino Dionisos. Pero la estrella bajaba, bajaba… y la antorcha moría a lo lejos. Esta flor maravillosa parece aquella estrella.

EROS. — Yo que transformo y uno todas las cosas, yo que hago de lo pequeño la imagen de lo grande, de la profundidad el espejo del cielo; yo que mezclo el cielo y el infierno sobre la Tierra, que elaboro todas las formas en el profundo océano, he hecho renacer tu estrella del abismo bajo la forma de una flor, para que puedas tocarla, cogerla y respirarla.

EL CORO. — ¡No olvides que esa magia puede ser un lazo que te tiende!.

PERSÉFONE. — ¿Cómo llamas a esa flor?.

EROS. — Los hombres la llaman Narciso; yo la llamo Deseo. Ve cómo te mira, cómo se vuelve hacia ti. Sus blancos pétalos se estremecen como sí vivieran, de su corazón de oro se escapa un perfume que llena toda la atmósfera de voluptuosidad. En cuanto te lleves esta flor mágica a tu rostro, verás, en un cuadro inmenso y maravilloso, los monstruos del abismo, la tierra profunda y el corazón de los hombres. Nada quedará oculto para ti.

PERSÉFONE. — ¡Oh flor maravillosa de embriagador perfume!, mi corazón palpita, mis dedos arden al tomarte. Quiero respirarte, apretarte contra mis labios, saturarme de tu embelesador perfume, ponerte sobre mi corazón, aunque tuviera que morir.

(La tierra se entreabre al lado de ella. De la grieta abierta y negra se ve surgir lentamente, hasta la mitad del cuerpo, a Plutón, sobre un carro tirado por dos caballos negros. Coge a Perséfone en el instante en que toma la flor, y la atrae violentamente hacia sí. Ella se retuerce inútilmente en sus brazos y lanza un grito. En seguida el carro se hunde y desaparece. Su rodar se pierde a lo lejos como un trueno subterráneo. Las ninfas huyen gimiendo hacia el bosque. Eros se escapa lanzando una gran carcajada).

LA VOZ DE PERSÉFONE (bajo tierra). — ¡Madre mía!. ¡Socorro!.¡Madre mía!.

HERMES. — ¡Oh aspirantes de los misterios, cuya vida se halla aún oscurecida por los vapores de una mala vida!, ésta es vuestra historia. Guardad y meditad esta expresión de Empédocles: “la generación es una destrucción terrible, que hace pasar a los vivos al lado de los muertos. En otro tiempo habéis vivido la verdadera vida y luego, atraídos por un encanto, habéis caído al abismo terrestre, subyugados por el cuerpo. Nuestro presente sólo es un sueño letal. El pasado y el porvenir, existen solos realmente. Aprended a recordarlo, aprended a prever”" . Edouard Schuré

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El Psicoanálisis desde El Punto de Vista Espiritual

    "Dice Jung que existen también factores que afectan nuestra vida anímica sin residir en la personalidad ni en el mundo material entorno, sino que deben ubicarse en algún mundo psíquico.

    Ahora bien, el psicoanálisis se propone elevar a flor de conciencia esa clase de contenido psíquicos. La terapéutica, el tratamiento emotivo, debe consistir precisamente en traer esos factores a la conciencia; al terapeuta le incumbe explorar, no solo las experiencias individuales del enfermo, sino también muchas otras facetas que no constituyan tales experiencias individuales ni exista en el mundo exterior, sino que son contenido psíquicos. Entonces los psicoanalistas caen en la cuenta diciendo: bien mirado, al caudal de experiencias de un hombre pertenecen, no solo las que tuvo desde su nacimiento físico en adelante, sino también toda clase de experiencias prenatales que hacen efecto dentro de él". 

Rudolf Steiner 






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  Psicólogo Psicoanalista - Juan Franco Bottazzi (3413116111)


Ataques de pánico, Ansiedad, Fobias, Anorexia, Bulimia, Desorden Alimenticio, Anorgasmia, Frigidez, Eyaculación Precoz, Impotencia, Pensamientos Obsesivos, Toc, Crisis Familiares, Angustia, Dependencia Emocional, Depresión, Duelo, Melancolía, Celos, Autoestima, Estrés, Insomnio, Falta de confianza, Inhibiciones, Enfermedades Psicosomáticas, Barreras sexuales, Conflictos de pareja, Problemas laborales, Hechos traumáticos.                       

Filosofía Perenne


  “Philosophia Perennis: la frase fue acuñada por Leibniz; pero la cosa -la metafísica que reconoce una divina Realidad en el mundo de las cosas, vidas y mentes; la psicología que encuentra en el alma algo similar a la divina Realidad, o aun idéntico con ella; la ética que pone la última finalidad del hombre en el conocimiento de la Base inmanente y trascendente de todo el ser-, la cosa es inmemorial y universal. Pueden hallarse rudimentos de la Filosofía Perenne en las tradiciones de los pueblos primitivos en todas las religiones del mundo, y en sus formas plenamente desarrolladas tiene su lugar en cada una de las religiones superiores. Una versión de este Máximo Factor Común en todas las precedentes y subsiguientes teologías fue por primera vez escrita hace más de veinticinco siglos, y desde entonces el inagotable tema ha sido tratado una y otra vez desde el punto de vista de cada una de las tradiciones y en todos los principales idiomas de Asia y Europa”. […] “La Filosofía Perenne se ocupa principalmente de la Realidad una, divina, inherente al múltiple mundo de las cosas, vidas y mentes. Pero la naturaleza de esta Realidad es tal que no puede ser directa e inmediatamente aprehendida sino por aquellos que han decidido cumplir ciertas condiciones haciéndose amantes, puros de corazón y pobres de espíritu”. […] “Respecto a pocos filósofos y literatos profesionales existen pruebas de que hicieron mucho por cumplir las condiciones necesarias para el conocimiento espiritual directo. Cuando poetas o metafísicos hablan del tema de la Filosofía Perenne, lo hacen generalmente de segunda mano. Pero en cada época ha habido algunos hombres y mujeres que han querido cumplir las únicas condiciones bajo las cuales, según lo demuestra la cruda experiencia, puede lograrse tal conocimiento inmediato, y algunos de ellos han dejado noticia de la Realidad que así pudieron aprehender, y han intentado relacionar en un amplio sistema de pensamiento los datos de esta experiencia con los datos de sus demás experiencias. A tales expositores, de primera mano, de la Filosofía Perenne, los que los conocieron les daban generalmente el nombre de “santo” o “profetas”, “sabio” o “iluminado”.” […] “Si uno mismo no es sabio ni santo, lo mejor que puede hacer, en el campo de la metafísica, es estudiar las obras de los que lo fueron”.

Aldous Huxley 


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La naturaleza del pensamiento colectivo

 


                            

 “Prácticamente todo lo que llamamos naturaleza ha terminado siendo ordenado por el pensamiento. Existe, sin embargo, algo en el mismo pensamiento que no funciona bien, algo que es capaz de provocar la destrucción, un tipo de pensamiento fragmentador que descompone las cosas en partes, como si fueran independientes.

    El pensamiento es un proceso real y que debemos presentarle la misma atención que prestamos a los procesos que tiene lugar en el mundo material externo, en el mundo de lo visible.

    La auténtica crisis no consiste en los hechos a los que nos enfrentamos -las guerras, la delincuencia, las drogas, la contaminación y el caos económico-, sino en el pensamiento que ha generado todo eso.

    Uno de los obstáculos con los que solemos tropezar es la creencia de que «yo estoy haciendo bien las cosas y son los demás quienes las hacen mal».

    Aunque atribuyamos el origen del problema a algo o alguien «exterior» a nosotros, lo cierto, sin embargo, es que se trata de algo mucho más profundo y se asienta en el proceso global del pensamiento, algo que es colectivo y nos afecta a todos nosotros.

    Debemos comenzar a poner en cuestión la creencia de que el pensamiento es algo individual.

    Los sentimientos y los pensamientos no son dos cosas diferentes sino que constituyen aspectos de un mismo proceso. Ambos proceden de la memoria.

    El pensamiento, las fantasías y las imágenes colectivas influyen en nuestra percepción. Cada cultura dispone de sus propios mitos, fantasías colectivas que suelen introducirse en nuestro campo perceptivo -como matices, en cada caso, personales- como si se tratara de realidades tangibles. Sin embargo, somos incapaces de darnos realmente cuenta de este hecho. Ése es precisamente el problema. Hay un orden superior de hechos, y no ver directamente los hechos es el auténtico punto de partida.

    El pensamiento nos ofrece una representación de la experiencia. Un «re-presentar», presentar de nuevo. Así pues, mientras que la percepción nos presenta algo, el pensamiento, por su parte, nos lo re-presenta como una abstracción.

    El modo en que experimentamos algo depende de la forma en que nos lo representamos... o nos lo mal-representamos.

    La falta de conciencia acerca de este proceso es crucial. La representación del pensamiento influirá en la presentación perceptual.

    La mayor parte de nuestras representaciones son creaciones colectivas. Continuamente nos hallamos bajo la presión de aceptar determinadas representaciones y verlas de ese modo. Lo que llamamos «yo», por ejemplo, se nos representa de una forma que determina, en consecuencia, la manera en que se nos presenta. Pero se trata de una representación fundamentalmente colectiva, cuyas características generales están determinadas por la colectividad.

    Esto también resulta aplicable a lo que se halla en nuestro interior y entre nosotros (como la comunicación y el diálogo, por ejemplo) y descubriremos la auténtica importancia de la representación en el intercambio de la comunicación.

    Nuestra comunicación dependen de la forma en que nos representamos a los demás y en que nos presentamos nosotros mismos a ellos. Y todo esto, a su vez, depende de las representaciones impuestas por el colectivo.

    Cuando las cosas se representan y luego se presentan, no hay forma posible de ver lo que está ocurriendo, porque existe una enorme presión colectiva que nos impide prestar atención a lo que se halla fuera del campo de representación. La única posibilidad de que disponemos surge cuando aparece algún problema.

    Es necesaria una transformación radical de nuestro modo de ver el mundo. Nosotros vemos el mundo en función de las representaciones colectivas generales que sostiene nuestra sociedad y nuestra cultura y, en consecuencia, sólo podremos lograr una presentación del mundo cuando abandonemos la representación consensual.

    Todo cambio genuino y real en la presentación deberá implicar un cambio en el ser.

    Son muchos los mundos posibles y todos ellos dependen de nuestra representación, especialmente de nuestra representación colectiva. Para construir un «mundo» se requiere más de una persona y, en consecuencia, la clave radica en la representación colectiva. No basta con que una persona cambie su representación -aunque eso, por cierto, estaría muy bien-, sino que el verdadero cambio radica en la transformación de nuestras representaciones colectivas”.

David Bohm.

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Arquetipos e Inconsciente colectivo


    "En Freud, lo inconsciente, aunque aparece ya -al menos metafóricamente- como sujeto actuante, no es sino el lugar de reunión de esos contenidos olvidados y reprimidos. De acuerdo con ese enfoque, es por lo tanto de naturaleza exclusivamente personal, aunque el mismo Freud había visto ya el carácter arcaico-mitológico de lo inconsciente.
    Un estrato en cierta medida superficial de lo inconsciente es, sin duda, personal. Lo llamamos inconsciente personal. Pero ese estrato descansa sobre otro más profundo, que es innato: lo llamado inconsciente colectivo. No es de naturaleza individual sino universal, tiene contenidos y modos de comportamientos que son, los mismos en todas partes y en todos los individuos. En otras palabras, es idéntico a sí mismo en todos los hombres y constituye así un fundamento anímico de naturaleza suprapersonal existente en todo hombre.
    La existencia psíquica se reconoce sólo por la presencia de contenidos conciencializables. Los contenidos de lo inconsciente personal son en lo fundamental los llamados complejos de carga afectiva, que forman parte de la intimidad de la vida anímica. En cambio, a los contenidos de lo inconsciente colectivo los denominamos arquetipos
    El concepto "arquetipo" sólo indirectamente puede aplicarse a las representaciones colectivas, ya que en verdad designa contenidos psíquicos no sometidos aún a elaboración consciente alguna, y representa entonces un dato psíquico todavía inmediato. Como tal, el arquetipo difiere no poco de la formulación históricamente constituida o elaborada". 

Carl Gustav Jung

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Jiddu Krishnamurti

 





¿Estamos dispuestos a afrontarlo?

“Me gustaría investigar la cuestión de lo que significa, que un ser humano pueda generar un cambio profundo y radical en sí mismo.

Estamos preguntando, ¿Es posible generar una revolución fundamental, psicológica? Un cambio profundo, perdurable, irrevocable, una transformación.

Uno vive como un individuo, limitado, reprimido, intolerante. Y es muy, muy difícil, ver la verdad de que uno es el resto de la humanidad, que en uno está la totalidad del hombre; es decir, uno como ser humano es parte del mundo. Uno es el mundo, no como una idea, no como algo intelectual que ha sido concebido por la razón que dice: “Sí, de acuerdo”. Sino que realmente, de verdad, uno representa, como ser humano, el resto de la humanidad. Uno sufre, está ansioso, inseguro, confundido, miserable, tiene miedo, ha sido lastimado, todo eso, igual que cualquier otro ser humano.

Mi conciencia es la conciencia de la humanidad. Ahora bien, ¿es posible terminar con el sufrimiento? Si terminara el sufrimiento en un ser humano, quien representaría a toda la humanidad, eso afectaría la totalidad de la conciencia del hombre. No acepten lo que estamos diciendo, investíguenlo, compruébenlo. Eso significa que tienen que estar libre para observar, para observar sin deseos, sin anhelos, sin presiones, o sea, observar como observarían una hermosa flor.

Me pregunto por qué los seres humanos de todo el mundo no ven este hecho tan simple, que no podemos tener paz en la tierra mientras estemos divididos en nacionalidades.

Queremos orden externo, en el mundo, política, religiosa, económica, socialmente.

En nuestras relaciones mutuas queremos orden, queremos algo de paz, queremos algo de comprensión. Pero si internamente, en lo psicológico no hay orden...sin conflicto, sin contradicción, si ese estado de conciencia está en calma, estable, claro, sólo entonces se puede generar orden en el mundo. Sin embargo, lo que intentamos hacer es crear orden legislativo, nacional, etc., orden externo en el mundo, lo cual se ha comprobado, una y otra vez, que sólo produce más desorden. Por eso decimos, el orador, yo digo, que, sin orden interno, es decir, orden interno en la conciencia que está en desorden, en contradicción, sin ese orden interno, psicológico, no es posible tener orden en lo externo. La crisis está adentro, pensamos que la crisis es nacional, económica, social, etc., pero la crisis no está afuera, la crisis está realmente en lo interno, pero no estamos dispuestos a afrontarlo”.

Jiddu Krishnamurti.


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Stanislav Grof - "Psicología transpersonal"

 


  "A fin de cuentas no podemos hacerles nada a los demás y a la naturaleza, sin hacérnoslo simultáneamente a nosotros mismos. Todo intento de dividir la unidad de la existencia, filosófica, ideológica, sociopolítica y espiritualmente en unidades independientes con intereses conflictivos (individuos, familias, grupos religiosos y sociales, partidos políticos, alianzas comerciales y naciones) aceptado seriamente como realidad absoluta, resulta superficial, miope y en definitiva autodestructivo. Desde este punto de vista, es difícil comprender que se cierren los ojos ante las perspectivas suicidas de una dependencia creciente en los combustibles sólidos, que desaparecen con gran rapidez y no se considera la importancia fundamental de reorientar el mundo hacia fuentes de energía cíclica y renovable.

  Como consecuencia de dichos cambios, la estrategia consumidora se transforma de un modo natural pasando de una psicología de consumo conspicuo y del desperdicio, a una conservación y «simplicidad voluntaria», en el sentido de Duane Elgin (1981). Es evidente que la única esperanza para alcanzar una solución política y social estriba en una perspectiva transpersonal que supere la absurda psicología de  «ellos contra nosotros», causando a lo sumo cambios ocasionales al estilo del péndulo, en los que los protagonistas intercambian el papel de opresor y oprimido.

  La única solución auténtica debe reconocer la naturaleza colectiva del problema y ofrecer perspectivas satisfactorias a todos sus miembros. La sensación profunda de unidad con el resto del mundo tiende a abrir el camino de una apreciación auténtica de la diversidad y una tolerancia de las diferencias. Los prejuicios sexuales, raciales, culturales y de cualquier otra índole parecen absurdos e infantiles desde una perspectiva ampliada del mundo y una comprensión de la realidad que incluya la dimensión trascendental".


Stanislav Grof - "Psicología transpersonal: Nacimiento, muerte y trascendencia en psicoterapia".


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"El asesinato de Cristo" (1953) - Wilhelm Reich

 


    "Los lideres contemporáneos no son más que agentes de la seguridad de este o aquel aspecto del status quo. O simplemente piratas en mares sin ley. Un líder popular moderno, debería ser casi el opuesto exacto de lo que tanto la gente ansía ver, y aclamar como su líder. El pionero tendría que rechazar toda tentación de ser un líder, y evitar toda carnada que le ponga la gente para seducirlo al liderazgo. Su primera gran tarea deberá ser, negarse a ser un líder. Tal pionero debería percibir inmediatamente el peligro que amenaza con sumergir a todo líder popular. Esto es, el peligro de convertirse en un mero objeto de admiración, y en un proveedor de salvación y esperanza para la gente. Tal pionero, debería dar el primer paso tomando a la gente seriamente y dejándola que se salve a sí misma. La gente crea sus cristos vivos, con el fin de someterlos, o si los cristos rehúsan, transformarlos en barrabases para matarlos sin miramientos, cosa de promoverlos al cielo para la salvación, sin mover ellos un dedo. El pionero no complacerá para lograr la aprobación pública, se dará cuenta que tal aplauso -siendo cómodo y agradable como es, dando el reconocimiento que parece dar- es el primer paso seguro para la extinción de lo que él representa y defiende. Por lo tanto, no tendrá que preocuparse y hasta tratará de evitar, tanto como se pueda, lo que se llama reconocimiento público. La pretensión de reconocimiento es, de parte del pionero, miedo a tener que quedarse solo, y de parte de la gente en general, es cobardía a pensar por sí mismos. Esto no quiere decir, que el pionero menospreciará a la gente o que él no deseará la aprobación pública. Si ha de cumplir su función, seguirá siendo humano hasta el fin, pero sabiendo por qué la gente confiere honores a las victimas de su adoración, eludirá silenciosamente esta trampa. El pionero, en consecuencia, no irá hacia la gente, no escribirá para la gente, y no tratará de convencer a la gente de la verdad o la importancia social de su saber, escribirá a cerca de cosas que cree que son verdaderas, y no para la gente. El pionero se sentirá impaciente, pero aprenderá a esperar. Solo es posible esperar pacientemente sino se tiene ambición de liderar o salvar a la gente. El pionero no tratará de demostrar su verdad ofendiendo a la gente, pero distinguirá la ofensa por la ofensa misma, de la ofensa que resulta de decir lo que es cierto. El pionero percibirá al amigo que lo acompañará un trecho, y luego se quedará sentado en el camino como una mula, sin moverse una pulgada, forzando así al que hace cosas, a disminuir su marcha o a detenerse del todo. El pionero también conocerá bien el odio que desarrollará la gente que es dejada atrás, se precaverá cuidadosamente contra tales posibilidades, mencionando continuamente esta característica prominente de los hombres. Les aplicará una especie de inyección mental profiláctica, diciéndoles de antemano lo que más probablemente serán proclives a hacer en su contra, si él los deja atrás sentados, no haciendo nada. Para sufrir menos la perdida del líder, lo harán aparecer mal, menos importante, y hasta lo presentarán como de muy mal carácter. El pionero habrá aprendido de la historia pasada, que el precio que hay que pagar por el éxito formal, es el sacrificio de la esencia de los rigurosos trabajos propios. El modo de ser del pionero, sus ideas, sus conductas, y sus metas, pueden haber penetrado imperceptiblemente en el espíritu público sin que nadie lo advirtiera. Hasta puede tener que sobrellevar la culpa por distorsiones de las que no es responsable, o por malas acciones que nunca propuso, y al final, puede ser puesto en la cruz. El sentimiento de responsabilidad por todo lo que está ocurriendo en el mundo, aún en los más remotos rincones del planeta, es la característica del pionero. El pionero no se adherirá a la creencia en el martirio, querrá vivir, y no morir por su causa. La gente aislará y pondrá en cuarentena al pionero, de muchos modos. Un modo de conducirlo a la soledad, es adorándolo, amontonándose a su alrededor, colgándose de sus labios, y bebiendo la menor palabra que pronuncia. Los pioneros, en definitiva, tendrán que vivir una vida amorosa, plena, sana y gratificante. El pionero tendrá que conservar a toda costa, un sistema emocional puro".

"El asesinato de Cristo" (1953)  - Wilhelm Reich


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El Tao de la física - Fritjof Capra

  


 "El rasgo más importante del concepto oriental del mundo -casi podría decirse que constituye su esencia- es la conciencia de la unidad e interrelación mutua existente entre las cosas y sucesos, la experiencia de todos los fenómenos que tienen lugar en el mundo como manifestaciones de una unidad básica. Todas las cosas son consideradas partes inseparables de este conjunto cósmico, diferentes manifestaciones de la misma realidad última. Las tradiciones orientales se refieren constantemente a esta realidad última, indivisible, que se manifiesta en todas las cosas, y de la que todas las cosas forman parte. En el hinduismo se le llama Brahman, en el budismo Dharmakaya, en el taoísmo Tao. Porque trasciende todos los conceptos y categorías, los budistas también lo llaman Talhala, o eseidad.

  En nuestra vida ordinaria, no somos conscientes de esta unidad de todas las cosas, sino que dividimos el mundo en objetos y sucesos separados. Esta división es útil y necesaria para enfrentarnos cada día al entorno que nos rodea, pero no constituye un rasgo fundamental de la realidad. Es una abstracción ideada por nuestro intelecto discriminador y categorizante. Creer que nuestros conceptos abstractos de «cosas» y «sucesos» separados son realidades de la naturaleza es una ilusión. Los hindúes y budistas nos dicen que esta ilusión está basada en avidya, o la ignorancia, y que es producida por la mente que se halla bajo el encanto de maya. La finalidad principal de las tradiciones místicas orientales es, por tanto, reajustar la mente, centrándola y tranquilizándola mediante la meditación. El término sánscrito que significa meditación -samadhi- quiere decir literalmente equilibrio mental. Se refiere a un estado mental tranquilo y equilibrado en el cual es experimentada la unidad del universo".
           El Tao de la física - Fritjof Capra 


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  Psicólogo Psicoanalista - Juan Franco Bottazzi (3413116111)

Ataques de pánico, Ansiedad, Fobias, Anorexia, Bulimia, Desorden Alimenticio, Anorgasmia, Frigidez, Eyaculación Precoz, Impotencia, Pensamientos Obsesivos, Toc, Crisis Familiares, Angustia, Dependencia Emocional, Depresión, Duelo, Melancolía, Celos, Autoestima, Estrés, Insomnio, Falta de confianza, Inhibiciones, Enfermedades Psicosomáticas, Barreras sexuales, Conflictos de pareja, Problemas laborales, Hechos traumáticos.

Sala de Psicopatología - Alejandra Pizarnik



Sala de Psicopatología - Alejandra Pizarnik


AP escribió este poema durante su estadía en el Hospital Pirovano - 1971. El texto, tal como se  reproduce, está mecanografiado y lleva correcciones hechas a mano por la autora. 
Nace en Buenos Aires un 29 de abril de 1936, y muere en la misma ciudad el 25 de septiembre  de 1972, a la edad de treinta y seis años. 





Después de años en Europa
Quiero decir París, Saint-Tropez, Cap
St. Pierre, Provence, Florencia, Siena,
Roma, Capri, Ischia, San Sebastián,
Santillana del Mar, Marbella,
Segovia, Ávila, Santiago,
                   y tanto
                   y tanto
                   por no hablar de New York y el del West Village con ras-
tros de muchachas estranguladas
                  -quiero que me estrangule un negro -dijo
-lo que querés es que te viole -dije (¡oh Sigmund! con
vos se acabaron los hombres del mercado matrimonial que frecuenté
en las mejores playas de Europa)
   y como soy tan inteligente que ya no sirvo para nada,
   y como he soñado tanto que ya no soy de este mundo,
   aquí estoy, entre las inocentes almas de la sala 18,
   persuadiéndome día a día
   de que la sala, las almas puras y yo tenemos sentido, tenemos des-
tino,
   -una señora originaria del más oscuro barrio de un pueblo que no
figura en el mapa dice:
-El doctor me dijo que tengo problemas. Yo no sé. Yo tengo algo
aquí (se toca las tetas) y unas ganas de llorar que mama mía.
 Nietzsche: "Esta noche tendré una madre o dejaré de ser."
 Strindberg: "El sol, madre, el sol."
 P. Eluard: "Hay que pegar a la madre mientras es joven."
 Sí, señora, la madre es un animal carnívoro que ama la vegetación
lujuriosa. A la hora que la parió abre las piernas, ignorante del sentido
de su posición destinada a dar a luz, a tierra, a fuego, a aire,
     pero luego una quiere volver a entrar en esa maldita concha,
     después de haber intentado nacerse sola sacando mi cabeza por mi
útero
     (y como no puede, busco morir y entrar en la pestilente guarida de
la oculta ocultadora cuya función es ocultar)
      hablo de la concha y hablo de la muerte,
      todo es concha, yo he lamido conchas en varios países y sólo sentí
orgullo por mi virtuosismo -la mahtma gandhi del lengüeteo, la Ein-
stein de la mineta, la Reich del lengüetazo, la Reik del abrirse camino
entre pelos como de rabinos desaseados -¡oh el goce de la roña!

      Ustedes, los mediquitos de la 18 son tiernos y hasta besan al lepro-
so, pero
       ¿se casarían con el leproso?
       Un instante de inmersión en lo bajo y en lo oscuro,
       sí de eso son capaces,
       pero luego viene la vocecita que acompaña a los jovencitos como
 ustedes:
      -¿Podrías hacer un chiste con todo esto, no?
      Y
       sí,
       aquí en el Pirovano
       hay almas que NO SABEN
       por qué recibieron la visita de las desgracias.
       Pretenden explicaciones lógicas los pobres pobrecitos, quieren que
  la sala -verdadera pocilga- esté muy limpia, porque la roña les da te-
  rror, y el desorden, y la soledad de los días habitados por anti-
  guos fantasmas emigrantes de las maravillosas e ilícitas pasiones de la
  infancia.
       Oh, he besado tantas pijas para encontrarme de repente en una sala
  llena de carne de prisión donde las mujeres vienen y van hablando de
  la mejoría.
  Pero
   ¿qué cosa curar?
  Y ¿por dónde empezar a curar?
  Es verdad que la psicoterapia en su forma exclusivamente verbal es
casi tan bella como el suicidio.
  Se habla.
  Se amuebla el escenario vacío del silencio.
  O, si hay silencio, éste se vuelve mensaje.
  -¿Por qué está callada? ¿En qué piensa?
  No pienso, al menos no ejecuto lo que llaman pensar. Asisto al ina-
gotable fluir del murmullo. A veces -casi siempre- estoy humeda. Soy
una perra, a pesar de Hegel. Quisiera un tipo con una pija así y coger-
me a mí y dármela hasta que acabe viendo curanderos (que sin duda
me la chuparán) a fin de que me exorcisen y me procuren una buena
frigidez.
   Húmeda.
   Concha de corazón de criatura humana,
   corazón que es un pequeño bebé inconsolable,
   "como un niño de pecho he acallado mi alma" (Salmo)
   Ignoro qué hago en la sala 18 salvo honrarla con mi presencia
prestigiosa (si me quisiera un poquito me ayudarían a anularla)
   oh no es que quiera coquetear con la muerte
   yo quiero solamente poner fin a esta agonía que se vuelve ridícula a
fuerza de prolongarse,
  (Ridículamente te han adornado para este mundo -dice una voz
apiadada de mí)
  Y
  Que te encuentres con vos misma -dijo.
  Y yo dije:
  Para reunirme con el migo de conmigo y ser una sola y misma enti-
dad con él tengo que matar al migo para que así se muera el con y, de
de este modo, anulados los contrarios, la dialéctica supliciante finaliza en
la fusión de los contrarios.
  El suicidio determina
  un cuchillo sin hoja
  al que le falta el mango.
  Entonces:
  adiós sujeto y objeto,
  todo se unifica como en otros tiempos, en el jardín de los cuentos
para niños lleno de arroyuelos de frescas aguas prenatales,
  ese jardín es el centro del mundo, es el lugar de la cita, es el espacio
vuelto tiempo y el tiempo vuelto lugar, es el alto momento de la fusión
y del encuentro,
   fuera del espacio profano en donde el Bien es sinónimo de evolu-
ción de sociedades de consumo,
   y lejos de los enmierdantes simulacros de medir el tiempo median-
te relojes, calendarios y demás objetos hostiles,
   lejos de las ciudades en las que se compran y se vende (oh, en ese jar-
dín para la niña que fui, la pálida alucinada de los suburbios malsanos
por los que erraba del brazo de las sombras: niña, mi querida niña que
no has tenido madre (ni padre, es obvio)
   De modo que arrastré mi culo hasta la sala 18,
   en la que finjo creer que mi enfermedad de lejanía, de separación
de absoluta NO-ALIANZA con Ellos
   -Ellos son todos y yo soy yo-
   finjo, pues, que logro mejorar, finjo creer a estos muchachos de
buena voluntad (¡oh, los buenos sentimientos!) me podrán ayudar,
   pero a veces -a menudo- los recontraputeo desde mis sombras in-
teriores que estos mediquillitos jamás sabrán conocer (la profundidad,
cuanto más profunda, más indecible) y los puteo por que evoco a mi
amado viejo, el Dr. Pichon R., tan hijo de puta como nunca lo será nin-
guno de los mediquitos (tan buenos, hélas!) de esta sala,
   pero mi viejo se me muere y éstos hablan y, lo peor, éstos tienen
cuerpos nuevos, sanos (maldita palabra) en tanto mi viejo agoniza en la
miseria por no haber sabido ser un mierda práctico, por haber afron-
tado el terrible misterio que es la destrucción de un alma, por haber
hurgado en lo oculto como un pirata -no poco funesto pues las mone-
das de oro del inconsciente llevaban carne de ahorcado, y en un recin-
to lleno de espejos rotos y sal volcada-
   viejo remaldito, especie de aborto pestífero de fantasmas sifilíticos,
cómo te adoro en tu tortuosidad solamente parecida a la mía,
   y cabe decir que siempre desconfié de tu genio (no sos genial; sos
un saqueador y un plagiario) y a la vez te confié,
   oh, es a vos que mi tesoro fue confiado,
   te quiero tanto que mataría a todos estos médicos adolescentes para
darte a beber de su sangre y que vos vivas un minuto, un siglo más,
   (vos, yo, a quienes la vida no nos merece)

   Sala 18
   cuando pienso en laborterapia me arrancaría los ojos en una casa en
ruinas y me los comería pensando en mis años de escritura continua,
   15 ó 20 horas escribiendo sin cesar, aguzada por el demonio de las
analogías, tratando de configurar mi atroz materia verbal errante,
   porque -oh viejo hermoso Sigmund Freud- la ciencia psicoanalíti-
ca se olvidó la llave en algún lado:
   abrir se abre
   pero ¿cómo cerrar la herida?

   El alma sufre sin tregua, sin piedad, y los malos médicos no resta-
ñan la herida que supura.
   El hombre está herido por una desgarradura que tal vez, o segura-
mente, le ha causado la vida que nos dan.
   "Cambiar la vida" (Marx)
   "Cambiar el hombre" (Rimbaud)
   Freud:

   "La pequeña A. está embellecida por la desobediencia", (Cartas...)
   Freud: poeta trágico. Demasiado enamorado de la poesía clásica.
Sin duda, muchas claves las extrajo de "los filósofos de la naturaleza",
de "los románticos alemanes" y, sobre todo, de mi amadísimo Lich-
tenberg, el genial físico y matemático que escribía en su Diario cosas
como:
   "Él le había puesto nombre a sus dos pantuflas"
   Algo solo estaba, ¿no?
   (Oh, Lichtenberg, pequeño jorobado, yo te hubiera amado!)
   Y a Kierkegaard
   Y a Dostoyevski
   Y sobre todo a Kafka
   a quien le pasó lo que a mí, si bien él era púdico y casto
   -"¿Qué hice del don del sexo?" -y yo soy una pajera como no exis-
te otra;
   pero le pasó (a Kafka) lo que a mí:
   se separó
   fue demasiado lejos en la soledad
   y supo -tuvo que saber-
   que de allí no se vuelve

  se alejó -me alejé-
  no por desprecio (claro es que nuestro orgullo es infernal)
  sino porque una es extranjera
  una es de otra parte,
  ellos se casan,
  procrean,
  veranean,
  tienen horarios,
  no se asustan por la tenebrosa
  ambigüedad del lenguaje
  (no es lo mismo decir Buenas noches que decir Buenas noches)
  El lenguaje
  -yo no puedo más,
  alma mía, pequeña inexistente,
  decidíte;
  te la picás o te quedás,
  pero no me toques así,
  con pavura, con confusión,
  o te vas o te la picás,
  yo, por mi parte, no puedo más.

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  Psicólogo Psicoanalista - Juan Franco Bottazzi (3413116111)

Ataques de pánico, Ansiedad, Fobias, Anorexia, Bulimia, Desorden Alimenticio, Anorgasmia, Frigidez, Eyaculación Precoz, Impotencia, Pensamientos Obsesivos, Toc, Crisis Familiares, Angustia, Dependencia Emocional, Depresión, Duelo, Melancolía, Celos, Autoestima, Estrés, Insomnio, Falta de confianza, Inhibiciones, Enfermedades Psicosomáticas, Barreras sexuales, Conflictos de pareja, Problemas laborales, Hechos traumáticos.

Noam Chomsky

 COOPERACIÓN O EXTINCIÓN 


"Lo que no se percibió entonces es que, al mismo tiempo, surgía una segunda y no menos nueva era, una nueva época geológica que hoy conocemos con el nombre de Antropoceno, la cual viene definida por un nivel extremo de impacto humano sobre el entorno. En la actualidad, se entiende que nos encontramos de pleno en esta nueva época, pero ha habido desacuerdos entre los científicos sobre el momento en el que el cambio llegó a ser tan extremo como para establecer el comienzo del Antropoceno. En abril de 2016, el Anthropocene Working Group, una organización geológica oficial, llegó a una conclusión sobre el inicio de dicha unidad temporal. Ante el 35°. Congreso Internacional sobre Geología, recomendaron situar los albores del Antropoceno en el marco temporal iniciado a partir del final de la segunda Guerra mundial.

Así pues, de acuerdo con su análisis, el Antropoceno y la era atómica coincidirían, por lo que constituirían una amenaza dual para la perpetuación de la vida humana organizada. Ambas amenazas son graves e inminentes. [...] El Anthropocene Working Group ratifica la conclusión de que las emisiones a la atmósfera de CO2, gas inductor del calentamiento global, están aumentando a la tasa más elevada existente en sesenta y seis millones de años.

Se alude a un informe de julio del 2016, según el cual, las partículas de CO2, superaban las 400 partes por millón, así como el nivel del mar se estaba llevando a un ritmo sin precedentes en el registro geológico. Estudios posteriores han demostrado que estas cifras no suponen una mera fluctuación, sino que se trata de una condición permanente, que serviría como base para un mayor aumento. En particular, esas cuatrocientas partes por millón se han señalado como un punto de peligro crítico, demasiado cerca del horizonte de estabilidad estimado para el enorme casquete polar Antártico. El colapso de esta capa de hielo tendría consecuencias catastróficas sobre el nivel del mar, y se trata de un proceso que ya está en marcha en las regiones árticas en un grado preocupante".

Noam Chomsky, Boston 2016. Parte de Charla titulada "Internacionalismo o extinción"




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Anne Ancelin Schützenberger

 


    Se podría decir que todo sucede como si algo que no puede olvidarse se transmitiera en el curso de las generaciones, como si no se pudiera olvidar un acontecimiento de vida - como si no se pudiera olvidarlo ni hablar de ello - sino transmitirlo, sin decirlo.

    "¡Ay, mis ancestros!", Anne Ancelin Schützenberger.


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Casilda Rodrigañez Bustos

 


    El nuevo orden simbólico correlativo al nuevo orden social, proyecta en nuestra imaginación y en nuestro inconsciente el modelo de una mujer patriarcal: una falsa percepción de nuestros cuerpos, con una orientación exclusivamente falocéntrica de nuestro anhelo emocional, que debe acompañar la relación de sumisión al hombre.

"Pariremos con placer" - Casilda Rodrigañez Bustos

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Oscar Masotta



  "El modelo Pulsional". Págs. 74, 75.
    
    Una vez que Balint deja de lado la inducción negativa para decidir el amor, se pregunta por el criterio que podría conducirnos a una definición positiva. ¿Será la relación del amor con el tipo de satisfacción que liga al sujeto con el compañero sexual? Si sólo uno de los compañeros puede satisfacer al otro, estaríamos en el caso del egoísmo del satisfecho y en el del masoquismo para el insatisfecho. En el caso de que exista una compenetración sexual y genital mutua (caso de alcanzar el orgasmo juntos, <<de manera simultanea o casi>>), tampoco, si se piensa bien, nos ayudaría demasiado. Ya la sociedad o la <<chronique scandaleuse>>, se encargan con razón de hablar de <<amantes>>, en el sentido moderno del término, lo que no significa la existencia de ese <<sentimiento durable de seguridad>> que acoge a cada uno cuando dos <<se aman recíprocamente>>. Llegamos entonces a un resultado, a una primera definición un poco paradójica: <<La satisfacción genital es aparentemente sólo una condición necesaria pero no suficiente del amor genital>> (p. 111). Quiere decir, nos explica, que la gratitud por la satisfacción genital en la relación con el compañero no determina lo que está en juego en el amor. Es necesario un plus, algo más.




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Eco y Narciso

Eco y Narciso


(Ovidio, Metamorfosis, III, 318-510)


Cuentan que un día Júpiter, alegre por el néctar, depuso

graves cuestiones y atizó ante Juno, ociosa, indolentes

bromas, diciéndole: “Mayor placer, sin duda, es el vuestro

que el que nos toca a los hombres”. Ella lo niega.

Convinieron pedir sentencia en el caso al experto

Tiresias: una y otra Venus le eran a él conocidas;

pues los cuerpos unidos de dos grandes serpientes

violentó en la selva verdeante con golpe de báculo

y de hombre a mujer convertido (¡admirable!) por siete

otoños vivió; al octavo, otra vez vio a las mismas

y dijo: “Si tanto poder las heridas que os causen

tienen que a su autor en la suerte contraria transformen,

voy a heriros de nuevo”. Al golpear a las mismas culebras

su forma anterior regresó y tornó la imagen nativa.

Árbitro, pues, elegido para aquella disputa jocosa,

confirma el juicio de Júpiter. Más allá de lo justo, se dice,

la Saturnia dolida, ni de lo que el asunto importaba,

condenó aquellos ojos del juez a una noche perpetua;

pero el omnipotente padre (que a un dios no le es dado

anular lo que otro dios hizo) por la visión arrancada

le otorga saber lo futuro y con tal honor le alivia la pena.

Celebérrimo aquel con su fama, por las ciudades aonias,

irreprochables respuestas al pueblo curioso le daba;

asume la prueba primera de esa voz que la fe ratifica

la azulada Liríope, a quien cierta vez el sinuoso Cefiso

la abrazó en su fluir y a la fuerza, impedida en sus ondas,

la tomó: de su henchida matriz la bellísima ninfa

un niño dio a luz, que ya ahí ser amado pudiera,

y lo llama Narciso. Sobre él consultado, si acaso

los largos tiempos vería de una vejez avanzada,

dijo el fatídico vate: “Si no se conoce a sí mismo”.

Vana pareció por años la voz del augurio: el efecto

y el hecho la prueban, la forma de muerte y la insólita insania. 

Pues un año a los quince le había sumado aquel hijo

del Cefiso y parecer pudiera ya un niño ya un joven;

jóvenes mil lo desearon, muchachas de a miles,

pero hubo tan dura soberbia en su tierna hermosura

que ningún joven pudo tocarlo, muchacha ninguna.

Lo vio un día apurando a las redes los trémulos ciervos

la ninfa vocal, la que ni ante quien habla a callarse

aprendió ni hablar ella primero, la armónica Eco.

Cuerpo aún era Eco, no voz, y no obstante aquel uso

que hoy gárrula tiene, y no otro, en su boca tenía:

devolver de entre muchas palabras las últimas puede.

Obra era ésta de Juno, pues cuando prender a las ninfas

yaciendo bajo su Júpiter en el monte hubiera podido, 

retenía aquella, avisada, a la diosa con largo discurso

mientras las ninfas huían. Cuando esto advirtió la Saturnia:

“De esta lengua, dijo, con que me has engañado, pequeña

potestad te daré y de tu voz un brevísimo uso”.

Cumplió la amenaza. Ella sólo al final de lo dicho

reduplica las voces y las palabras que ha oído repite.

Cuando, pues, a Narciso, que vagaba por campos sin rumbo,

ha visto y se hubo encendido, sus huellas a hurto persigue,

y según lo sigue, más de cerca la llama la enciende,

no de otro modo que, al extremo de las teas untados,

arrebatan las llamas que se acercan los vivaces azufres.

¡Oh cuántas veces quiso acercársele con blandos decires

y dedicarle súplicas tiernas! Su naturaleza se opone,

no deja que empiece, pero, a lo que sí le deja, dispuesta

está: a esperar los sonidos y que a ellos sus voces retornen.

Aquel, del grupo fiel de sus amigos por azar apartado,

dijo: “¿Hay alguien aquí?” Y “Aquí” respondíale Eco.

Él, azorado, hacia los cuatro rumbos la mirada dirige,

a gran voz clama: “¡Ven!” Al que invoca ella evoca.

Se vuelve y al ver que ninguno venía, “¿Por qué -dice-

me huyes?” Y cuantas palabras ha dicho, tantas recibe.

Inmóvil y por el espectro de esa voz alterna engañado,

“Acá reunámonos”, dijo, y respondiendo con más alegría

que a sonido ninguno, repuso “Reunámonos” Eco.

Y a favor de sus propias palabras, saliendo del bosque

iba a arrojar ya sus brazos a ese cuello deseado;

huye él y huyendo “¡Aparta de abrazos tus manos!

-dice-. ¡Antes moriré que entregarme yo a ti!”

Nada ella repuso sino “Entregarme yo a ti”.

Rechazada, se oculta en la selva, en las frondas el rostro

con pudor cubre y desde entonces vive en recónditos antros;

mas se obstina el amor y lo aumenta el dolor del rechazo;

adelgazan el cuerpo miserable inquietudes insomnes,

la flacura reduce su piel y en el aire los jugos del cuerpo

todos se pierden; la voz sobrevive tan solo y los huesos:

la voz queda; los huesos, se dice, adoptaron aspecto de piedra.

De allí en más en el bosque se oculta y no es vista en el monte,

es oída por todos: sonido es, no más, cuanto vive de ella.

Así a esta, así a ninfas del agua o del monte nacidas,

las había él burlado, así antes la unión con varones;

entonces uno, despechado, alzando las manos al éter:

“¡Así deba amar él, así nunca él alcance al amado!”

había dicho; asintió la Ramnusia a la justa plegaria. 

Una fuente había pura, argentina, con límpidas ondas,

que ni los pastores ni aquellas cabritas que el monte alimenta

habían tocado, o rebaño cualquiera, ni pájaro alguno

había turbado, ni fiera, ni rama de un árbol caída;

césped en torno crecía, que el próximo humor sustentaba,

y un bosque que al sol no dejaba entibiar el ambiente.

El joven allí, del afán de la caza y del mucho calor fatigado,

se acostó, cediendo al aspecto de aquel lugar y a la fuente,

y queriendo la sed apagar, otra sed se acrecienta,

y al beber lo arrebata la imagen de la forma que ha visto

y ama un ansia sin cuerpo, cree cuerpo aquello que es onda.

Absorto en sí mismo, a su propio rostro se apega,

inmóvil como efigie esculpida en mármol de Paros;

echado en tierra el doble astro de sus ojos contempla,

y sus cabellos dignos de Baco y dignos de Apolo,

las imberbes mejillas y el ebúrneo cuello y la gracia

de su boca y el rubor que al níveo candor se ha mezclado,

y admira todo aquello por lo que es él mismo admirable:

se desea, ignorante, el que aprueba es él mismo aprobado

y buscando es buscado, y arde al tiempo que enciende.

¡Cuántas veces dio besos en vano a la fuente engañosa,

cuántas los brazos hundió, para el cuello alcanzar que veía,

en medio del agua y no pudo quedar preso en ellos!

No sabe qué ve, pero de eso que ve queda ardiendo

y el mismo error que a los ojos defrauda también los incita.

Crédulo, ¿qué simulacros fugaces en vano ambicionas?

¡Lo que buscas no existe; lo que amas, te vuelves y pierdes!

Eso que ves, de una imagen refleja es la sombra:

Nada tiene en sí misma; contigo ella viene y se queda,

¡se apartará contigo, si apartarte tú de ella consigues!

No a él los apremios de Ceres, no a él el descanso 

de allí pueden sacarlo, sino que en la hierba opaca tendido,

con ojo insaciable contempla aquella mendaz hermosura

y a través de sus ojos él mismo perece; y alzándose un poco,

hacia los bosques en torno tendiendo los brazos:

“¿Alguno –dice- acaso, oh bosques, amó más cruelmente?

Lo sabéis, pues a muchos les disteis refugio oportuno.

¿A alguno, pues de vuestra vida ya tantos siglos pasaron,

que se haya así consumido, recordáis en edad tan extensa?

Me gusta y lo veo, sí, pero aquello que veo y me gusta,

no lo encuentro: ¡tan grave error sujeta al amante!

No nos separa, porque más me duela, un mar desmedido,

ni caminos ni montes ni muros con puertas cerradas;

¡agua exigua lo impide! Y él mismo ser poseído desea:

pues cuantas veces mis besos acerco a las límpidas linfas,

tantas él hacia mí, levantando la boca, se esfuerza.

Y creerías tocarlo: a los amantes algo mínimo aparta.

Quienquiera seas, ¡sal! ¿por qué a mí, joven único, engañas,

o adónde, ansiado, te vas? Ni mi edad ni mi aspecto sin duda

son para que huyas, ¡incluso las ninfas me amaron!

Me prometes no sé qué esperanza con rostro amigable,

y cuando te tiendo los brazos, libremente los tuyos alargas,

cuando río, me ríes; también he notado a menudo tus lágrimas

si vierto las mías, y al gesto también un reflejo devuelves

y por cuanto sospecho de tu hermosa boca al moverse,

restituyes palabras que a mis oídos no llegan.

Ese soy yo: lo he sentido y ya no me engaña mi imagen;

ardo en amor por mí: las llamas promuevo y padezco.

¿Qué haré? ¿Ser rogado o rogar? Pero ¿y qué es lo que ruegue?

Lo que deseo está en mí: la abundancia me ha hecho indigente.

¡Ay, de mi propio cuerpo ojalá separarme pudiera!

Insólito voto de amante, querer que no esté lo que amo.

Ya mis fuerzas me quita el dolor, de mi vida no resta

ya un largo tiempo, y en esta joven edad yo me extingo.

No me es grave la muerte, al morir dejaré mis dolores;

este, el amado, quisiera que más duradero viviese;

ahora concordes en un alma sola los dos moriremos.”

Dijo y a su propio rostro volvió, trastornado,

y con sus lágrimas turbó las aguas y oscura la forma

se puso al moverse el espejo; y al verla borrarse:

“¿Adónde huyes? ¡Quédate y a mí, cruel, que te amo,

no me dejes!”, clamó. “Que se pueda, lo que es intangible,

contemplar y así dar alimento a tan triste locura.”

Y así doliéndose, deslizó su ropa del borde de arriba

y el pecho desnudo golpeó con marmóreas palmas.

Un rosado rubor afloró en ese pecho golpeado,

como suelen hacer las manzanas que, blancas en parte,

en parte enrojecen, o como en los varios racimos

aún no madura la uva un color purpúreo concita.

En cuanto lo vio en esa onda otra vez transparente,

no pudo ya soportarlo, y cual suelen fundirse las rubias

ceras en fuego ligero, o cual las matinales escarchas

por la tibieza del sol, así del amor extenuado

se diluye y de a poco lo agosta su fuego encubierto;

y ya no está ese color que mezclaba al rubor la blancura

ni el vigor y la fuerza y aquello que ver le agradaba,

ni permanece aquel cuerpo que antes Eco hubo amado.

Ella que al verlo, aunque aún rencorosa y airada,

se dolió y cuantas veces aquel desdichado decía

“Ay”, con su voz resonante ella “ay” repetía.

Y cuando aquel con sus manos sus brazos golpeaba,

ella también de los golpes el mismo sonido volvía.

Última voz fue de aquel que miraba en el agua de siempre:

“¡Ay en vano querido muchacho!” que entera devuelve

en palabras el sitio y ya dicho el adiós, “Adiós” dijo Eco.

Él en la hierba verdeante abatió la agobiada cabeza,

cerró la muerte el mirar que admiró la beldad de su dueño:

e incluso después que en el reino inferior fue acogido

se miraba en el agua de Estigia. Lloraron las náyades,

sus hermanas, y en su honor cortaron los largos cabellos,

lloraron las dríades; a todos los llantos, Eco resuena.

Ya preparaban la pira y las agitadas antorchas y el féretro:

no estaba ya el cuerpo; en su sitio una flor amarilla

encuentran, circundado el centro de pétalos blancos.


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  Psicólogo Psicoanalista - Juan Franco Bottazzi (3413116111)

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