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“Prácticamente todo lo que llamamos naturaleza ha terminado siendo ordenado por el pensamiento. Existe, sin embargo, algo en el mismo pensamiento que no funciona bien, algo que es capaz de provocar la destrucción, un tipo de pensamiento fragmentador que descompone las cosas en partes, como si fueran independientes.
El pensamiento es un proceso real y que debemos presentarle la misma atención que prestamos a los procesos que tiene lugar en el mundo material externo, en el mundo de lo visible.
La auténtica crisis no consiste en los hechos a los que nos enfrentamos -las guerras, la delincuencia, las drogas, la contaminación y el caos económico-, sino en el pensamiento que ha generado todo eso.
Uno de los obstáculos con los que solemos tropezar es la creencia de que «yo estoy haciendo bien las cosas y son los demás quienes las hacen mal».
Aunque atribuyamos el origen del problema a algo o alguien «exterior» a nosotros, lo cierto, sin embargo, es que se trata de algo mucho más profundo y se asienta en el proceso global del pensamiento, algo que es colectivo y nos afecta a todos nosotros.
Debemos comenzar a poner en cuestión la creencia de que el pensamiento es algo individual.
Los sentimientos y los pensamientos no son dos cosas diferentes sino que constituyen aspectos de un mismo proceso. Ambos proceden de la memoria.
El pensamiento, las fantasías y las imágenes colectivas influyen en nuestra percepción. Cada cultura dispone de sus propios mitos, fantasías colectivas que suelen introducirse en nuestro campo perceptivo -como matices, en cada caso, personales- como si se tratara de realidades tangibles. Sin embargo, somos incapaces de darnos realmente cuenta de este hecho. Ése es precisamente el problema. Hay un orden superior de hechos, y no ver directamente los hechos es el auténtico punto de partida.
El pensamiento nos ofrece una representación de la experiencia. Un «re-presentar», presentar de nuevo. Así pues, mientras que la percepción nos presenta algo, el pensamiento, por su parte, nos lo re-presenta como una abstracción.
El modo en que experimentamos algo depende de la forma en que nos lo representamos... o nos lo mal-representamos.
La falta de conciencia acerca de este proceso es crucial. La representación del pensamiento influirá en la presentación perceptual.
La mayor parte de nuestras representaciones son creaciones colectivas. Continuamente nos hallamos bajo la presión de aceptar determinadas representaciones y verlas de ese modo. Lo que llamamos «yo», por ejemplo, se nos representa de una forma que determina, en consecuencia, la manera en que se nos presenta. Pero se trata de una representación fundamentalmente colectiva, cuyas características generales están determinadas por la colectividad.
Esto también resulta aplicable a lo que se halla en nuestro interior y entre nosotros (como la comunicación y el diálogo, por ejemplo) y descubriremos la auténtica importancia de la representación en el intercambio de la comunicación.
Nuestra comunicación dependen de la forma en que nos representamos a los demás y en que nos presentamos nosotros mismos a ellos. Y todo esto, a su vez, depende de las representaciones impuestas por el colectivo.
Cuando las cosas se representan y luego se presentan, no hay forma posible de ver lo que está ocurriendo, porque existe una enorme presión colectiva que nos impide prestar atención a lo que se halla fuera del campo de representación. La única posibilidad de que disponemos surge cuando aparece algún problema.
Es necesaria una transformación radical de nuestro modo de ver el mundo. Nosotros vemos el mundo en función de las representaciones colectivas generales que sostiene nuestra sociedad y nuestra cultura y, en consecuencia, sólo podremos lograr una presentación del mundo cuando abandonemos la representación consensual.
Todo cambio genuino y real en la presentación deberá implicar un cambio en el ser.
Son muchos los mundos posibles y todos ellos dependen de nuestra representación, especialmente de nuestra representación colectiva. Para construir un «mundo» se requiere más de una persona y, en consecuencia, la clave radica en la representación colectiva. No basta con que una persona cambie su representación -aunque eso, por cierto, estaría muy bien-, sino que el verdadero cambio radica en la transformación de nuestras representaciones colectivas”.
David Bohm.
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Psicólogo Psicoanalista - Juan Franco Bottazzi (3413116111)
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