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Eco y Narciso

Eco y Narciso


(Ovidio, Metamorfosis, III, 318-510)


Cuentan que un día Júpiter, alegre por el néctar, depuso

graves cuestiones y atizó ante Juno, ociosa, indolentes

bromas, diciéndole: “Mayor placer, sin duda, es el vuestro

que el que nos toca a los hombres”. Ella lo niega.

Convinieron pedir sentencia en el caso al experto

Tiresias: una y otra Venus le eran a él conocidas;

pues los cuerpos unidos de dos grandes serpientes

violentó en la selva verdeante con golpe de báculo

y de hombre a mujer convertido (¡admirable!) por siete

otoños vivió; al octavo, otra vez vio a las mismas

y dijo: “Si tanto poder las heridas que os causen

tienen que a su autor en la suerte contraria transformen,

voy a heriros de nuevo”. Al golpear a las mismas culebras

su forma anterior regresó y tornó la imagen nativa.

Árbitro, pues, elegido para aquella disputa jocosa,

confirma el juicio de Júpiter. Más allá de lo justo, se dice,

la Saturnia dolida, ni de lo que el asunto importaba,

condenó aquellos ojos del juez a una noche perpetua;

pero el omnipotente padre (que a un dios no le es dado

anular lo que otro dios hizo) por la visión arrancada

le otorga saber lo futuro y con tal honor le alivia la pena.

Celebérrimo aquel con su fama, por las ciudades aonias,

irreprochables respuestas al pueblo curioso le daba;

asume la prueba primera de esa voz que la fe ratifica

la azulada Liríope, a quien cierta vez el sinuoso Cefiso

la abrazó en su fluir y a la fuerza, impedida en sus ondas,

la tomó: de su henchida matriz la bellísima ninfa

un niño dio a luz, que ya ahí ser amado pudiera,

y lo llama Narciso. Sobre él consultado, si acaso

los largos tiempos vería de una vejez avanzada,

dijo el fatídico vate: “Si no se conoce a sí mismo”.

Vana pareció por años la voz del augurio: el efecto

y el hecho la prueban, la forma de muerte y la insólita insania. 

Pues un año a los quince le había sumado aquel hijo

del Cefiso y parecer pudiera ya un niño ya un joven;

jóvenes mil lo desearon, muchachas de a miles,

pero hubo tan dura soberbia en su tierna hermosura

que ningún joven pudo tocarlo, muchacha ninguna.

Lo vio un día apurando a las redes los trémulos ciervos

la ninfa vocal, la que ni ante quien habla a callarse

aprendió ni hablar ella primero, la armónica Eco.

Cuerpo aún era Eco, no voz, y no obstante aquel uso

que hoy gárrula tiene, y no otro, en su boca tenía:

devolver de entre muchas palabras las últimas puede.

Obra era ésta de Juno, pues cuando prender a las ninfas

yaciendo bajo su Júpiter en el monte hubiera podido, 

retenía aquella, avisada, a la diosa con largo discurso

mientras las ninfas huían. Cuando esto advirtió la Saturnia:

“De esta lengua, dijo, con que me has engañado, pequeña

potestad te daré y de tu voz un brevísimo uso”.

Cumplió la amenaza. Ella sólo al final de lo dicho

reduplica las voces y las palabras que ha oído repite.

Cuando, pues, a Narciso, que vagaba por campos sin rumbo,

ha visto y se hubo encendido, sus huellas a hurto persigue,

y según lo sigue, más de cerca la llama la enciende,

no de otro modo que, al extremo de las teas untados,

arrebatan las llamas que se acercan los vivaces azufres.

¡Oh cuántas veces quiso acercársele con blandos decires

y dedicarle súplicas tiernas! Su naturaleza se opone,

no deja que empiece, pero, a lo que sí le deja, dispuesta

está: a esperar los sonidos y que a ellos sus voces retornen.

Aquel, del grupo fiel de sus amigos por azar apartado,

dijo: “¿Hay alguien aquí?” Y “Aquí” respondíale Eco.

Él, azorado, hacia los cuatro rumbos la mirada dirige,

a gran voz clama: “¡Ven!” Al que invoca ella evoca.

Se vuelve y al ver que ninguno venía, “¿Por qué -dice-

me huyes?” Y cuantas palabras ha dicho, tantas recibe.

Inmóvil y por el espectro de esa voz alterna engañado,

“Acá reunámonos”, dijo, y respondiendo con más alegría

que a sonido ninguno, repuso “Reunámonos” Eco.

Y a favor de sus propias palabras, saliendo del bosque

iba a arrojar ya sus brazos a ese cuello deseado;

huye él y huyendo “¡Aparta de abrazos tus manos!

-dice-. ¡Antes moriré que entregarme yo a ti!”

Nada ella repuso sino “Entregarme yo a ti”.

Rechazada, se oculta en la selva, en las frondas el rostro

con pudor cubre y desde entonces vive en recónditos antros;

mas se obstina el amor y lo aumenta el dolor del rechazo;

adelgazan el cuerpo miserable inquietudes insomnes,

la flacura reduce su piel y en el aire los jugos del cuerpo

todos se pierden; la voz sobrevive tan solo y los huesos:

la voz queda; los huesos, se dice, adoptaron aspecto de piedra.

De allí en más en el bosque se oculta y no es vista en el monte,

es oída por todos: sonido es, no más, cuanto vive de ella.

Así a esta, así a ninfas del agua o del monte nacidas,

las había él burlado, así antes la unión con varones;

entonces uno, despechado, alzando las manos al éter:

“¡Así deba amar él, así nunca él alcance al amado!”

había dicho; asintió la Ramnusia a la justa plegaria. 

Una fuente había pura, argentina, con límpidas ondas,

que ni los pastores ni aquellas cabritas que el monte alimenta

habían tocado, o rebaño cualquiera, ni pájaro alguno

había turbado, ni fiera, ni rama de un árbol caída;

césped en torno crecía, que el próximo humor sustentaba,

y un bosque que al sol no dejaba entibiar el ambiente.

El joven allí, del afán de la caza y del mucho calor fatigado,

se acostó, cediendo al aspecto de aquel lugar y a la fuente,

y queriendo la sed apagar, otra sed se acrecienta,

y al beber lo arrebata la imagen de la forma que ha visto

y ama un ansia sin cuerpo, cree cuerpo aquello que es onda.

Absorto en sí mismo, a su propio rostro se apega,

inmóvil como efigie esculpida en mármol de Paros;

echado en tierra el doble astro de sus ojos contempla,

y sus cabellos dignos de Baco y dignos de Apolo,

las imberbes mejillas y el ebúrneo cuello y la gracia

de su boca y el rubor que al níveo candor se ha mezclado,

y admira todo aquello por lo que es él mismo admirable:

se desea, ignorante, el que aprueba es él mismo aprobado

y buscando es buscado, y arde al tiempo que enciende.

¡Cuántas veces dio besos en vano a la fuente engañosa,

cuántas los brazos hundió, para el cuello alcanzar que veía,

en medio del agua y no pudo quedar preso en ellos!

No sabe qué ve, pero de eso que ve queda ardiendo

y el mismo error que a los ojos defrauda también los incita.

Crédulo, ¿qué simulacros fugaces en vano ambicionas?

¡Lo que buscas no existe; lo que amas, te vuelves y pierdes!

Eso que ves, de una imagen refleja es la sombra:

Nada tiene en sí misma; contigo ella viene y se queda,

¡se apartará contigo, si apartarte tú de ella consigues!

No a él los apremios de Ceres, no a él el descanso 

de allí pueden sacarlo, sino que en la hierba opaca tendido,

con ojo insaciable contempla aquella mendaz hermosura

y a través de sus ojos él mismo perece; y alzándose un poco,

hacia los bosques en torno tendiendo los brazos:

“¿Alguno –dice- acaso, oh bosques, amó más cruelmente?

Lo sabéis, pues a muchos les disteis refugio oportuno.

¿A alguno, pues de vuestra vida ya tantos siglos pasaron,

que se haya así consumido, recordáis en edad tan extensa?

Me gusta y lo veo, sí, pero aquello que veo y me gusta,

no lo encuentro: ¡tan grave error sujeta al amante!

No nos separa, porque más me duela, un mar desmedido,

ni caminos ni montes ni muros con puertas cerradas;

¡agua exigua lo impide! Y él mismo ser poseído desea:

pues cuantas veces mis besos acerco a las límpidas linfas,

tantas él hacia mí, levantando la boca, se esfuerza.

Y creerías tocarlo: a los amantes algo mínimo aparta.

Quienquiera seas, ¡sal! ¿por qué a mí, joven único, engañas,

o adónde, ansiado, te vas? Ni mi edad ni mi aspecto sin duda

son para que huyas, ¡incluso las ninfas me amaron!

Me prometes no sé qué esperanza con rostro amigable,

y cuando te tiendo los brazos, libremente los tuyos alargas,

cuando río, me ríes; también he notado a menudo tus lágrimas

si vierto las mías, y al gesto también un reflejo devuelves

y por cuanto sospecho de tu hermosa boca al moverse,

restituyes palabras que a mis oídos no llegan.

Ese soy yo: lo he sentido y ya no me engaña mi imagen;

ardo en amor por mí: las llamas promuevo y padezco.

¿Qué haré? ¿Ser rogado o rogar? Pero ¿y qué es lo que ruegue?

Lo que deseo está en mí: la abundancia me ha hecho indigente.

¡Ay, de mi propio cuerpo ojalá separarme pudiera!

Insólito voto de amante, querer que no esté lo que amo.

Ya mis fuerzas me quita el dolor, de mi vida no resta

ya un largo tiempo, y en esta joven edad yo me extingo.

No me es grave la muerte, al morir dejaré mis dolores;

este, el amado, quisiera que más duradero viviese;

ahora concordes en un alma sola los dos moriremos.”

Dijo y a su propio rostro volvió, trastornado,

y con sus lágrimas turbó las aguas y oscura la forma

se puso al moverse el espejo; y al verla borrarse:

“¿Adónde huyes? ¡Quédate y a mí, cruel, que te amo,

no me dejes!”, clamó. “Que se pueda, lo que es intangible,

contemplar y así dar alimento a tan triste locura.”

Y así doliéndose, deslizó su ropa del borde de arriba

y el pecho desnudo golpeó con marmóreas palmas.

Un rosado rubor afloró en ese pecho golpeado,

como suelen hacer las manzanas que, blancas en parte,

en parte enrojecen, o como en los varios racimos

aún no madura la uva un color purpúreo concita.

En cuanto lo vio en esa onda otra vez transparente,

no pudo ya soportarlo, y cual suelen fundirse las rubias

ceras en fuego ligero, o cual las matinales escarchas

por la tibieza del sol, así del amor extenuado

se diluye y de a poco lo agosta su fuego encubierto;

y ya no está ese color que mezclaba al rubor la blancura

ni el vigor y la fuerza y aquello que ver le agradaba,

ni permanece aquel cuerpo que antes Eco hubo amado.

Ella que al verlo, aunque aún rencorosa y airada,

se dolió y cuantas veces aquel desdichado decía

“Ay”, con su voz resonante ella “ay” repetía.

Y cuando aquel con sus manos sus brazos golpeaba,

ella también de los golpes el mismo sonido volvía.

Última voz fue de aquel que miraba en el agua de siempre:

“¡Ay en vano querido muchacho!” que entera devuelve

en palabras el sitio y ya dicho el adiós, “Adiós” dijo Eco.

Él en la hierba verdeante abatió la agobiada cabeza,

cerró la muerte el mirar que admiró la beldad de su dueño:

e incluso después que en el reino inferior fue acogido

se miraba en el agua de Estigia. Lloraron las náyades,

sus hermanas, y en su honor cortaron los largos cabellos,

lloraron las dríades; a todos los llantos, Eco resuena.

Ya preparaban la pira y las agitadas antorchas y el féretro:

no estaba ya el cuerpo; en su sitio una flor amarilla

encuentran, circundado el centro de pétalos blancos.


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  Psicólogo Psicoanalista - Juan Franco Bottazzi (3413116111)

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